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Corrupción e incompetencia (Fernando Bellón)

Pocos españoles se extrañan de la mucha corrupción que se perpetra y de la poca que se descubre . Debe ser porque a todos nos parece natur...

Pocos españoles se extrañan de la mucha corrupción que se perpetra y de la poca que se descubre. Debe ser porque a todos nos parece natural que exista. La corrupción medra en todos los sistemas políticos. Las primeras constituciones democráticas de la edad moderna lo preveían e intentaban anticipar el remedio. Son los Checks and Balances de las constituciones anglosajonas, y la división de poderes de las de la Europa continental revolucionaria.

También parece a casi todo el mundo natural que la corrupción fluya en España por las venas del Estado en mayor volumen que en Francia, Reino Unido, Alemania o Italia. Se explica, a la ligera, por la bisoñez de nuestro sistema democrático de gobierno, lastrado por hábitos despóticos.

Yo no creo que en nuestro país haya más corrupción que en los punteros de la Europa de los Veinte, por ejemplo. Lo que nos diferencia de ellos es que en España es más fácil corromperse y más difícil castigar al corrupto. La corrupción es rentable.

¿Por qué es más fácil?

La corrupción depende menos de la ambición y de la codicia, atributos éticos, que del marco jurídico y político en el que se producen: en España, por lo general, un aparato administrativo casi invulnerable al control público. La palabra clave aquí es público, porque si el control está en manos de los mismos que de grado o por incompetencia facilitan la corrupción, esta seguirá campando.

La sociedad española no está llena de Roldanes, Correas, Matas, Bárcenas y Pujoles. Es muy probable que el número total de grandes corruptos sea elevado, pero dudo que sea apocalíptico.

Otra cosa son los medianos y los pequeños corruptos. Ese es el problema.

Son el caldo de cultivo de las estafas multimillonarias, de los sobornos tremendos, de los cohechos escalofriantes, de la gran venalidad.

A mi entender la raíz de la corrupción es la incompetencia, en un marco administrativo cuajado de grietas.

Obsérvense la mayoría de las corrupciones y corruptelas que corroen tantos ayuntamientos españoles. Observación que vale también para la venalidad sindical.

Gracias al sistema representativo acceden a la dirección de los municipios personas sin formación profesional, sin estudios, sin experiencia de gestión, con el solo mérito de la temeridad y la inconsciencia, porque nadie en sus cabales se mete en un tinglado de gobierno que le va a ocasionar seguros dolores de cabeza. Es el caso de las comunidades de vecinos, en las que nadie quiere ser presidente.

Nuestros políticos y sus asesores son personas, en su mayoría aplastante, sin ficha policial, sin antecedentes judiciales. Y al sentarse en su despacho de alcalde o de concejal han de hacer frente a dos problemas. Uno, satisfacer la deficiencias económicas y la voracidad política de su partido. Dos, atender a un enjambre de decisiones para que el municipio no se pare, desde la recogida de la basura hasta el tendido eléctrico, de gas o el suministro de agua.

El primer problema es una verdadera jungla, porque los despachos son asediados por afiliados y simpatizantes que necesitan una prebenda para vivir del cuento. Encuentran salida en la resolución del segundo problema mencionado, la variada gestión del municipio. Hay que proveer los mecanismos de los servicios. Si aquellos a quienes se suelen entregar fueran competentes, desde el concejal a los técnicos y luego los que le hacen con la contrata, la corrupción podría ser un problema, pero sería menos onerosa. Europa hay menos corrupción que en España, porque los corruptos suelen ser competentes y se nota menos.

Es verdad que la mayoría de los servicios funcionan en casi todas las ciudades y los pueblos de nuestro país, las basuras se recogen, el agua se distribuye, se construyen colegios y centros de salud a cargo del municipio… ¡Pero a qué precio!

Yo me imagino a un alcalde honrado ante el dilema de poner en manos de alguien la recogida de basuras, por ejemplo. Imagino que no reciba ninguna presión para tomar la decisión (ya es mucho suponer). Pero como no sabe a quién elegir porque el problema le viene grande o porque tiene otros que le importan más, escucha el consejo de un “técnico” al que acaba de nombrar (o que hereda, da igual), y sin investigar si esa persona es tan honrada como hemos supuesto que el alcalde o el concejal es, le deja hacer.

El mecanismo es el mismo en los sindicatos, porque su papel es también satisfacer necesidades colectivas.

En las pequeñas esferas locales, los pueblos, las ciudades menudas el daño es relativo. Pero a medida que elevamos el nivel de observación, los perjuicios se multiplican en cualidad y en cantidad.

Y al llegar a la altura de los gobiernos autonómicos y del nacional, el problema de la corrupción se vuelve un monstruo.

Como digo, no creo que haya muchos Bárcenas, Pujoles o Roldanes en España. El problema es que los que hay encuentran unas condiciones extremadamente propicias para su medro ilegal.

Las oficinas de los ayuntamientos se han convertido en el cubil de los despabilados, haraganes y corruptos. Limpiar esos cubiles no es difícil. Pero pone en riesgo los intereses políticos y las prebendas de casi todos los que concurren a los gobiernos. Es el caso de la multiplicación de municipios. En la Europa avanzada (llamémosle así por convención, no por convencimiento) se han eliminado cantidad de ayuntamientos, agrupándolos entre sí. (El caso de Francia todavía se comenta en los medios).Las ventajas para el ciudadano son enormes, tanto desde el punto de vista de los impuestos como de los servicios. Pero, claro, esa manada de funcionarios y políticos despabilados, haraganes y corruptos pierde oportunidades, se ven obligados a trabajar en serio y se sienten más vigilados en sus corruptelas.

El problema de la corrupción en España se ha pronunciado en las últimas décadas a causa de las ayudas europeas que han llovido sobre las instituciones municipales. La incompetencia, la holgazanería, la picaresca, que sofoca como una mala hierba el trabajo inerte de la mayoría de funcionarios y técnicos, se han encontrado con un montón de dinero a su alcance. Así se han desarrollado desde ordenaciones urbanísticas basadas en la especulación oculta, hasta una política cultural de espectáculos vulgares y auditorios innecesarios. Todo en beneficio de los grandes corruptos y corruptores.

Se dice que el negocio oculto de los Pujol es de dimensiones escandalosas. También se dice que si ha salido a la luz precisamente ahora es porque el aparato del Estado ha considerado que era la forma de pararle los pies al separatismo catalán. Si es así, es inaceptable que el aparato del Estado haya permanecido callado tanto tiempo, ¿en beneficio de quién? Los ciudadanos sin arte ni parte en la corrupción podíamos ponernos de acuerdo en exigir al aparato del Estado que empiece a desenmascarar a los estafadores amparados en intereses emocionales similares al nacionalismo, por ejemplo el fútbol, a los que se sienten inmunes porque si se les pincha podrían tirar de la manta, y casos de este jaez.

España se ha convertido en territorio abonado para el clientelismo y el matonismo político. La casta existe. Si dejamos pasar el tiempo sin hacer nada, la corrupción y sus secuelas se convertirá en el cáncer de la democracia y acabará con ella. Esperemos que la conciencia cívica, las mareas sociales y el hartazgo de los votantes de uno y otro partido se adueñe del país y sea capaz de pasar por encima de él una escoba. Bueno, más que esperar, deseo. Por el bien de las generaciones españolas venideras.

Fuente: Fernando Bellón (periodista y escritor)



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